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La invasión sueva a comienzo del siglo V lo trastocó todo, y tanto las moradas veraniegas de los ricos como las modestas casas de los pobres fueron destruidas. Imperó en Portus Sinum una pobreza tan prolongada que había de durar siglos, hasta que unos frailes edificaron un pequeño cenobio al pie de un arroyo. Este minúsculo establecimiento religioso evolucionaría, a través de las donaciones, hasta estar constituido por la casi totalidad de las tierras de Portus Sinum, rebautizándose como San Saturnino de Goyanes; los vecinos del pueblo se convirtieron en colonos de los frailes. En 1574, con motivo de una epidemia contagiosa contenida en unos fardos de lana descargados en el puerto de Vilanova procedentes de Vizcaya, fue Goyanes uno de los pueblos aislados en cuarentena, por razones de sanidad. En aquella ocasión los frailes fueron los médicos del pueblo hasta que se levantó la cuarentena. Lo que había empezado como un humilde cenobio, se había convertido en un importante convento con buena casa y templo, así como grandes rentas, hasta tal punto que tanto los benedictinos de San Martín Pinario de Santiago como los mercedarios de Conxo, sostuvieron pleito por su presentación y rentas. Con la decadencia del convento del que sólo queda el nombre de la feligresía, empezó Portosín a levantarse lentamente alternando labores marítimas y agrícolas; se repusieron las antiguas fábricas de salado con los elementos tradicionales, hasta que los catalanes en el s. XVIII se instalaron allí montando magníficas y modernas fábricas con los últimos avances, constituyendo el orgullo de la próspera ría de Muros. Con las nuevas instalaciones de los industriales catalanes, Portosín experimentó un notable crecimiento debido a los puestos de trabajo creados: Los hombres tripulando las flotas de embarcaciones que cada fábrica poseía, y las mujeres en las labores de preparaciones de la pesca, ya prensada ya en salmuera o conservada en aceite de oliva. Este bienestar se truncó en el primer tercio del siglo presente, cuando, coincidiendo con la primera guerra europea, la sardina desapareció de nuestras rías, sumiendo a los pueblos pescadores en otro nuevo período de pobreza y hambre. Aquella crisis había de durar bastantes años, por lo que las flotas fueron varadas en las playas, donde las lluvias y el sol las carcomieron, y las redes de pesca almacenadas en las tarimas fueron pasto de ratas y polillas. Los industriales mal pudieron superar aquella crisis al amparo de sus rentas, en muchos casos agotadas antes de terminar la crisis. Las fábricas se derrumbaron y decayeron. Al final de la década de los años 20, reapareció en Portosín la xouba, pero no se disponía de flota ni de redes; la recuperación vino de mano de dos barcos del puerto de Moaña, que empezaron a trabajar con tripulaciones de Portosín, que poco a poco, se fueron convirtiendo en patrones y armadores.
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